Adabi de México, A.C.

Los usos rituales del agua en el tiempo

La interpretación de los significados rituales del agua fue el tema de la segunda mesa del coloquio El agua como patrimonio en México: desde la época prehispánica hasta nuestros días. La sesión se abrió con la ponencia “El hombre, el mito y el agua”, en la que Yael Alexei Paredes Boleaga ofreció una introducción necesaria para el desarrollo del resto de la mesa. Abordó el agua desde una perspectiva simbólica en distintas culturas de la antigüedad, tanto orientales como occidentales, con referencias a civilizaciones mesoamericanas, la griega y la nórdica, entre otras, afirmando que el agua ha definido a la humanidad al posibilitar la vida y el desarrollo cultural.

En “La ritualización del agua entre los yuhu de la sierra Otomí-Tepehua en Hidalgo, México”, Patricia Gallardo Arias expuso el papel de los humanos y las “potencias” en el mantenimiento de los recursos hídricos en la región de la Sierra Otomí-Tepehua (Tenango de Doria, San Bartolo Tutotepec y Huehuetla). Señaló que el agua, fuente de vida para humanos, animales y bosques, es considerada un elemento sagrado, asociado tanto con la fertilidad y la abundancia como con la muerte, las sequías y los huracanes. Este equilibrio se mantiene mediante prácticas rituales. Para los yuhu, el agua posee entendimiento, voluntad y fuerza, por lo que es concebida como una entidad con derechos sobre su territorio.

Por su parte, Lázaro González Frutis, en “Usos rituales de los ojos de agua de Monte Alto entre los matlazincas prehispánicos del Valle de Bravo”, destacó que estos espacios eran reverenciados mediante danzas y ofrendas de flores y frutos, en prácticas comparables a las de Chalma. Desde tiempos prehispánicos, el asentamiento de Temascaltepec estuvo vinculado a los dioses de la lluvia o tlaloques, y determinado por la cercanía de los manantiales, los cuales no solo abastecían necesidades domésticas, sino que formaban parte de una arquitectura hidráulica.

En el ámbito virreinal, Emmanuel Valdés Álvarez presentó “Seis casos de inquisición: adivinar, hechizar, parir, curar y beber. Usos heréticos del agua en la Nueva España (siglos XVII y XVIII)”. Señaló que el agua, además de generar vida, también produce cultura. Su uso ritual por poblaciones con herencias prehispánicas, europeas y africanas quedó documentado en expedientes inquisitoriales. El carácter “herético” del agua, explicó, derivaba de su empleo en prácticas adivinatorias y de hechicería, contrarias al dogma católico. Acciones como colocar hierbas en agua, bautizar con agua caliente y sal o usar naipes en recipientes con agua otorgaban nuevos significados a un elemento que, dentro del rito cristiano, era considerado exclusivamente purificador.

Antonio Sevilla Tapia, en “Agua y arte en la capital novohispana: de las pilas bautismales a las fuentes urbanas como configuraciones simbólicas del espacio espiritual y cívico”, explicó la superposición de significados del agua en la Ciudad de México durante el periodo colonial. Tras la conquista, se impuso una traza urbana occidental que reconfiguró el entorno original. El agua se convirtió en principio de orden y clave para comprender lo espiritual, lo político y lo cotidiano: desde pilas bautismales elaboradas con piedras de antiguos espacios sagrados, hasta acueductos y fuentes que simbolizaban el poder urbano y distribuían el recurso. Mientras tanto, lavaderos públicos, aljibes, puentes y albarradones quedaban destinados a sectores sin acceso a la riqueza.

En “Ritos y manantiales en la prefiguración y vínculo cultural del paisaje: creencias en torno al agua en una región como Nuevo León”, Antonio Guerrero Aguilar mostró cómo el agua determinó los asentamientos humanos en esa región, atravesada por diversos ríos y con numerosas zonas arqueológicas cercanas a fuentes de agua. Persisten evidencias de prácticas rituales como la colocación de piedras y la elevación de oraciones, así como devociones actuales —como las del 3 de mayo o las dirigidas a San Isidro Labrador— frente a la desaparición de ríos y arroyos. Destaca el caso del “charco” del Niño Fidencio, asociado a prácticas de sanación.

Como cierre, Isabel Palacios-Macedo Aguilar presentó “Narrativas del agua como resistencias territoriales”, donde propuso entender el agua en sus dimensiones material, simbólica y política. Su capacidad de atravesar fronteras geográficas y sociales la convierte en un “archivo vivo de resistencia” que evidencia procesos de extracción, desigualdad y adaptación. Desde esta perspectiva, el agua no solo es un recurso, sino también memoria y testigo de la transformación territorial, afectada por fenómenos como la contaminación, la intubación y el despojo.